Los llaneros solititos, la #opinión de Jesús Ortega.

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Los llaneros solititos, la #opinión de Jesús Ortega.

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Por Jesús Ortega.

Desde hace ya algunos años ha quedado demostrado que en el mundo y, especialmente, en nuestro país, las coaliciones electorales resultan indispensables para ganar los comicios, y también resulta concluyente que los gobiernos de coalición son necesarios para garantizar gobernabilidad democrática y eficiencia en la administración pública. Losllaneros solititos, es decir, políticos arrogantes que se suponen omnipotentes y asumen que, aun solos, todo lo pueden, están pasando a la historia. Cuando, circunstancialmente, alguno de ellos gana una elección (Trump, por ejemplo), irremediablemente fracasarán en el ejercicio del gobierno.

Las alianzas electorales son ya un elemento indispensable en las estrategias de los partidos que acceden al poder o que influyen en él. Lo hemos visto durante dos décadas en América Latina y en otras regiones del mundo, y si ejemplos faltaran para confirmar esta hipótesis, ahora lo podemos ver de manera diáfana en los comicios celebrados el domingo pasado en el Estado de México, en Veracruz, en Nayarit y en Coahuila.

Es verdad que el régimen priista y el sistema presidencial se encuentran en tremenda crisis de credibilidad frente a un gran sector de la ciudadanía, pero la existencia de dicha crisis no es suficiente para derrotarle en las elecciones, expulsarle del poder y terminar con su hegemonía cultural. En sentido diferente, para que los gobiernos de alternancia culminen en un nuevo régimen político, democrático, social y de derecho, se requiere —más que juicios inquisidores y arengas puritanas—  una fuerza política tan grande y poderosa que sólo se puede propiciar desde las alianzas electorales de la mayor amplitud, y son aquellas que se construyan sobre la base de programas de gobierno con básicos principios democráticos y de justicia, los cuales permitirían la materialización de planes pragmáticos para una eficiente administración pública, la que debe dar prioridad a los problemas más sensibles para la gente, es decir: el autoritarismo, los abusos, la corrupción, impunidad, inseguridad, pobreza y desigualdad.

Contrario a lo anterior, el ideologismo determinista, la arrogancia y las vanidades sólo conducen a derrotas, como ya lo observamos ahora mismo. 

Llamar, como lo hace AMLO, a una cruzada para recuperar el “santo grial” del nacionalismo revolucionario y al sepulcro del presidencialismo autoritario, sólo sumará a algunos de los sectores de la población (los más resentidos, los más agraviados). Pero con los más resentidos no se hacen ni revoluciones ni reformas verdaderamente transformadoras. Con los vengativos y los resentidos se puede destruir, pero no construir.

Los cambios de régimen, lo demuestra la historia, sólo pueden ser posibles si se hacen tangibles las más amplias y numerosas confluencias políticas y ciudadanas en torno a programas electorales que apuntan hacia respuestas viables, tangibles, posibles a los problemas cotidianos de la gente. Hacer realidad esto implica un cambio sustantivo en el comportamiento de los partidos, especialmente de aquellos que continúan atrapados en sus dogmas ideológicos o aquellos que han caído en el pantano de defender los pequeños privilegios personales que se obtienen pegados al statu quo. Hay que cambiar la ecuación para comprender que la alianza que deba terminar con el régimen priista y con su hegemonía política y cultural debe situar a los partidos —por lo menos ahora— en la retaguardia.

Reflexionemos sobre las elecciones recién pasadas y entenderemos que las elecciones de 2018 podrían ser una repetición del escenario polarizador que se presentó en el Estado de México. Esa polarización es una estrategia que ayuda a la permanencia del priismo, pues ¡es tan obvia!, dispersa y divide el voto opositor.

Es el tiempo de dar los pasos sólidos para perfilar esa gran confluencia ciudadana y política; es el momento de iniciar la construcción de un frente amplio progresista que evite la polarización entre el régimen del PRI y el populismo presidencialista y contrario a ello, que los electores cuenten con una alternativa que, enriquecida por su pluralidad, se convierta en un gobierno democrático capaz de dar respuestas a las exigencias de la gran mayoría de la población.

Contenido reproducido en Guruchuirer con autorización del autor.